Todo
lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única, te
hiciste a ti mismo, demostraste cómo es posible ese hombre
nuevo, todos veíamos así que ese hombre nuevo es realidad, porque
existe, eres tú…”. (Haydée
Santamaría)
Por: Lissy
Rodríguez
(Periodista cubana)
Otro
8 de octubre se recuerda a Ernesto Ché Guevara, cuya labor
internacionalista prevalece como ejemplo de valentía, tesón y
verdadera conciencia revolucionaria.
El
joven estudiante de Medicina, con solo 23 años, le acopló a su
bicicleta un motor y viajó el continente. Comprendió que el mundo
era demasiado injusto, y decidió ponerlo de cabezas. Una mochila al
hombro y la compañía de un amigo le bastaron para conocer del
hambre, la necesidad y la miseria, una decisión con la cual comenzó
a ser, en sí mismo, “un hombre nuevo”.
No
fue fortuito el andar. Ya había iniciado un camino de aprendizaje
con los clásicos de la filosofía y la intelectualidad
contemporánea, y la confección de sus Cuadernos Filosóficos. Al
regresar a su tierra de su primer itinerario comentó en sus relatos:
“el personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo
tierra argentina, el que las ordena y pule, “yo”, no soy “yo”;
por lo menos no el mismo yo interior”.
A
partir de ahí todo lo que se conoce: su labor como fotógrafo en
México, donde conoció a Fidel y entablan su primera discusión
sobre política internacional (“A las pocas horas de la misma noche
—en la madrugada— era yo uno de los futuros expedicionarios”),
la prisión, llegar a Cuba en el yate Granma, su bautizo de fuego en
Alegría de Pío (Tenía delante de mí una mochila llena de
medicamentos y una caja de balas, las dos eran mucho peso para
transportarlas juntas; tomé la caja de balas), la primera victoria
del Ejército Rebelde, el Uvero, Bueycito, El Hombrito, Pino del
Agua, Mar Verde… su plan operativo en la ciudad de Villa Clara los
últimos días de diciembre de 1958, la Revolución.
Pero
no fue suficiente la conmoción que lo devolvió periodista y
escritor, estratega militar, Ministro de Industrias, hijo ilustre de
Cuba, y se fue a otras tierras del mundo, tierras que reclamaban el
concurso de sus modestos esfuerzos. Y dejó en la Isla ese amargo de
las más tristes despedidas, de quien dice adiós a un ser muy
querido, con la breve sensación de que le volverás a ver.
“Sépase
que lo hago con una mezcla de alegría y dolor; aquí dejo lo más
puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis
seres queridos...”, dijo sin saber que a este país también se le
escapaba —aún sin la certeza— uno de sus mejores hombres.
El
internacionalismo le hizo hervir la sangre y lo colocó en el medio
de las selvas del Congo, y luego en Bolivia, para entregarse a las
luchas por la causa de América; dejando el sentimiento sembrado
aquí, en cada hombre y mujer que años más tarde surcaron las
tierras del mundo en la lucha contra los males, que a pesar de él, a
pesar de su inexpugnable bregar, sobreviven.
El
8 de octubre llegó. Allí en la Quebrada del Yuro cuentan que lo
apresaron. Ilusos aquellos que pensaron, matándolo, inhumar sus
ideas. Dicen también que el 9, por órdenes del alto mando de la CIA
y el Ejército Boliviano, lo asesinaron.
Sin
embargo —y aunque estaba consciente de que “En una revolución se
triunfa o se muere, si es verdadera”—, aquel día vivió, una
especie de vida que se lleva en el alma de la gente, no tiene fin, no
acaba nunca, no se asesina, termina heredándose, cuerpo por cuerpo,
idea tras idea.
Leí
un día que su verdugo escribió una carta, y que en dicha carta
había escrito así: “el hombre que de veras murió en La Higuera
no fue el Che, sino yo, un simple sargento del ejército boliviano,
cuyo único mérito —si acaso puede llamarse mérito— es haber
disparado contra la inmortalidad”.
Porque
el Che legó a su pueblo, que son todos los pueblos del mundo, su
infinito amor por esa libertad conquistada a fuerza de lucha, y la
independencia; sus pasajes; sus análisis filosóficos y económicos;
sus incontables anécdotas familiares y esa adoración sin límites
por los hijos; su impronta y su espíritu.
Nos
dejó su: “a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario
verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor.” Pero eso
no lo saben los que matan. Los que matan no saben de amor y
revoluciones, solo dominan el “arte” de odiar a la raza humana,
el exterminio.
Y
allí en la Higuera, a 2 160 metros sobre el nivel del mar, donde se
erige un monumento en su nombre al cual asisten cientos de personas
diariamente, reza una inscripción: “Tu ejemplo alumbra un nuevo
amanecer”.

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