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8 may 2014

HASTA SIEMPRE AL MAESTRO GABO EN JUEVES SANTO.

Cuando estaba en mis 17 años Gabo me enseñó que el diamante más grande del mundo podía derretirse bajo el calor infernal de algún pueblo del Caribe, de mi Honduras por ejemplo. Pero que esa inmensa piedra sería eterna si la conservaba en la memoria a pesar de los gitanos y de cualquier intento de implantar en el pensamiento ideas sobre un paisaje real que los expertos denominaron realismo mágico”.
Por: Gustavo Zelaya (Honduras)
Eso siempre lo creí efectivo, material, visible, cercano a mi barrio y a todas las descripciones que escuche acerca de la vida y de las condicione sociales que me rodearon. No había realismo mágico en personajes como Ricardo Zúniga tan encantador en las parrandas y en las noches en los bares y burdeles de Tegucigalpa, tan lúcido en la conversación a la luz de la luna y con la música estridente del mariachi, rodeado de ebrios iluminados, jugadores de póker, putas y pistoleros a su servicio. Ese hombre que tenía aparcado en la acera de los Ministerios y frente a la cantina del centro de mi ciudad, al único Citroën automático de país y que a veces exponía su cuerpo en incontables borracheras frente a otros sujetos violentos que desconocían a quien se enfrentaban. Tan real en su fría capacidad de presentar como abogado en la ardiente Nacaome a 60 testigos que no saben leer ni escribir en un juicio sobre posesiones de miles de manzanas de tierra, como de aconsejar y mandar a ejecutar opositores comunistas al gobierno progresista de Oswaldo López, el general que mantenía su fortuna depositada en bancos suizos. Apenas 17 años y Macondo también estaba en la Tegucigalpa de mi juventud.
Con Gabo supe ver que en mi país era posible la existencia de hombres forjadores del espíritu empresarial mezclado con valores morales de gran nivel, exhibidos en lugares públicos como estandartes del orden y la pulcritud, encargados de proponer pautas sobre corrección política y buenos modales, elogiados como figuras ejemplares y que reconocidos analistas oficiales han colocado en altares. Esos próceres de última hora fueron obligados a renunciar a cargos importantes por haber aceptados sobornos de empresas norteamericanas y así manipular leyes y códigos a favor de esos consorcios. Ahora, serviles aduladores en sus columnas de opinión ensalzan y condecoran y los convierten en prudentes modelos de ciudadanía. Eso es parte de nuestro Macondo.
Gabo tuvo la capacidad de mostrarme que Remedios la Bella no sólo era una mujer que podía volar y subir al cielo para escapar del asedio de algún amante imaginario, también me hizo ver que eso es posible en nuestros cálidos ambientes y que, además, efectivamente ocurrió del mismo modo que existían gobernantes que subieron al poder a través de violentos golpes de Estado pero que podían repartir panes y alegrías en el pueblo mientras llenaban sus bolsillos con millones y millones de dineros que no eran suyos. En una de esas andanzas de Gabo en los recovecos de mi pensamiento y de mi andar por las calles del barrio Morazán, puso frente a mis ojos a un Fidel que ya conocía, físicamente inmenso, sobre todo humano, al que pude admirar desde mis diez años gracias a ese Kennedy tan falso como su deforme estatua frente a la primera entrada de esa colonia de Tegucigalpa; el Fidel que pude ver mejor gracias al casi optometrista Gabo, con su gramatical pulido de lentes que ningún sabio holandés al estilo de Espinoza o un genio francés como Descartes podía igualar. El Fidel de Gabo fue mucho más mío porque me enseñó que Marx ya no era originario solamente de Tréveris sino que crecía en la Sierra Maestra y se nutría de rumba y palmeras en algún callejón del barrio la Ronda o en la sede sindical con cerveza y carne asada. Eso es nuestro, es mío, es Gabo con Fidel, azúcar, metalurgia, juventud multicolor y represión.
Ahora dicen que Gabo está muerto, bien muerto, vivió muchos años y está fuera de este mundo y para siempre. Eso es absolutamente cierto. Tan verdadero como el Macondo del coronel Aureliano Buendía. Significa entonces que va estar vivo para siempre, no como Remedios subiendo al cielo, sino presente y firme en esta tierra en donde enseñó que la realidad es sólida, frágil, estable, móvil, al compas de los terremotos y de los ríos de Nuestra América, que los sueños por un mundo mejor se mueven entre los callejones de las ciudades y que su realización es posible a pesar de la dureza de los tiempos.
fuente imagen:Cambio.bo

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