“Cuando
estaba en mis 17 años Gabo me enseñó que el diamante más grande
del mundo podía derretirse bajo el calor infernal de algún pueblo
del Caribe, de mi Honduras por ejemplo. Pero que esa inmensa piedra
sería eterna si la conservaba en la memoria a pesar de los gitanos y
de cualquier intento de implantar en el pensamiento ideas sobre un
paisaje real que los expertos denominaron realismo mágico”.
Por:
Gustavo Zelaya (Honduras)
Eso
siempre lo creí efectivo, material, visible, cercano a mi barrio y a
todas las descripciones que escuche acerca de la vida y de las
condicione sociales que me rodearon. No había realismo mágico en
personajes como Ricardo Zúniga tan encantador en las parrandas y en
las noches en los bares y burdeles de Tegucigalpa, tan lúcido en la
conversación a la luz de la luna y con la música estridente del
mariachi, rodeado de ebrios iluminados, jugadores de póker, putas y
pistoleros a su servicio. Ese hombre que tenía aparcado en la acera
de los Ministerios y frente a la cantina del centro de mi ciudad, al
único Citroën automático de país y que a veces exponía su cuerpo
en incontables borracheras frente a otros sujetos violentos que
desconocían a quien se enfrentaban. Tan real en su fría capacidad
de presentar como abogado en la ardiente Nacaome a 60 testigos que no
saben leer ni escribir en un juicio sobre posesiones de miles de
manzanas de tierra, como de aconsejar y mandar a ejecutar opositores
comunistas al gobierno progresista de Oswaldo López, el general que
mantenía su fortuna depositada en bancos suizos. Apenas 17 años y
Macondo también estaba en la Tegucigalpa de mi juventud.
Con
Gabo supe ver que en mi país era posible la existencia de hombres
forjadores del espíritu empresarial mezclado con valores morales de
gran nivel, exhibidos en lugares públicos como estandartes del orden
y la pulcritud, encargados de proponer pautas sobre corrección
política y buenos modales, elogiados como figuras ejemplares y que
reconocidos analistas oficiales han colocado en altares. Esos
próceres de última hora fueron obligados a renunciar a cargos
importantes por haber aceptados sobornos de empresas norteamericanas
y así manipular leyes y códigos a favor de esos consorcios. Ahora,
serviles aduladores en sus columnas de opinión ensalzan y condecoran
y los convierten en prudentes modelos de ciudadanía. Eso es parte de
nuestro Macondo.
Gabo
tuvo la capacidad de mostrarme que Remedios la Bella no sólo era una
mujer que podía volar y subir al cielo para escapar del asedio de
algún amante imaginario, también me hizo ver que eso es posible en
nuestros cálidos ambientes y que, además, efectivamente ocurrió
del mismo modo que existían gobernantes que subieron al poder a
través de violentos golpes de Estado pero que podían repartir panes
y alegrías en el pueblo mientras llenaban sus bolsillos con millones
y millones de dineros que no eran suyos. En una de esas andanzas de
Gabo en los recovecos de mi pensamiento y de mi andar por las calles
del barrio Morazán, puso frente a mis ojos a un Fidel que ya
conocía, físicamente inmenso, sobre todo humano, al que pude
admirar desde mis diez años gracias a ese Kennedy tan falso como su
deforme estatua frente a la primera entrada de esa colonia de
Tegucigalpa; el Fidel que pude ver mejor gracias al casi optometrista
Gabo, con su gramatical pulido de lentes que ningún sabio holandés
al estilo de Espinoza o un genio francés como Descartes podía
igualar. El Fidel de Gabo fue mucho más mío porque me enseñó que
Marx ya no era originario solamente de Tréveris sino que crecía en
la Sierra Maestra y se nutría de rumba y palmeras en algún callejón
del barrio la Ronda o en la sede sindical con cerveza y carne asada.
Eso es nuestro, es mío, es Gabo con Fidel, azúcar, metalurgia,
juventud multicolor y represión.
Ahora
dicen que Gabo está muerto, bien muerto, vivió muchos años y está
fuera de este mundo y para siempre. Eso es absolutamente cierto. Tan
verdadero como el Macondo del coronel Aureliano Buendía. Significa
entonces que va estar vivo para siempre, no como Remedios subiendo al
cielo, sino presente y firme en esta tierra en donde enseñó que la
realidad es sólida, frágil, estable, móvil, al compas de los
terremotos y de los ríos de Nuestra América, que los sueños por un
mundo mejor se mueven entre los callejones de las ciudades y que su
realización es posible a pesar de la dureza de los tiempos.
fuente imagen:Cambio.bo

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