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2 ene 2016

La Hora de la Contra Revolución.


“Toda América progresista deberá asimilar las lecciones de semejantes caídas y levantarse con renovado brío de sus heridas y vergüenzas. Organización y lucha, sigue siendo la consigna”
Por: Richard Erba (República Oriental del Uruguay)

Como signados por un destino común, los pueblos nacidos de la colonización ibérica en América han venido experimentando desde su temprana independencia – hace ya 200 años – oleadas de procesos políticos análogos, en algunos casos, casi equivalentes; a veces a nivel continental y a veces por regiones. Como cuando sopla el viento en una dirección y al tiempo en la dirección contraria.
Nacidos del hervidero revolucionario de 1810 a 1830, los pueblos latinoamericanos fueron perfilando sus identidades y definiendo o dirimiendo sus contradicciones a través de procesos similares donde los eternos héroes y villanos parecen jugarse la ropa en el cósmico devenir de los arquetipos. Héroes de gigantesca estatura y abnegado desinterés, villanos egoístas, representantes de intereses particulares y sectoriales, siempre funcionales a la ubicua presencia de las potencias extranjeras.
Las luchas sin cuartel entre liberales y conservadores, unitarios y federales. Las luchas entre el campo y las ciudades, las capitales y las provincias. Doctores contra caudillos, las oligarquías contra el pueblo llano, Aborígenes y esclavos africanos eternos relegados y excluidos. Y mas allá la iglesia, sobrevolándolo todo y santificando el orden existente desde el pulpito o azuzando la rebeldía en el llano.
Aquellas sociedades, liberadas de arriba abajo y de afuera hacia adentro, desde los puertos a donde arribaban las nuevas ideas al interior profundo donde difícilmente llegaban, se enfrentaron una y otra vez a dos enemigos fundamentales: las burguesías y oligarquías nativas, (criollas) y el imperialismo de las potencias extranjeras de turno, a quienes aquellas admiraban e intentaban, patéticamente, emular. Batallas todas en las que invariablemente corrieron la misma suerte.
Siempre, de manera sincrónica y al vaivén de los vientos de la historia, las oleadas de procesos políticos atravesaban las mismas vicisitudes; las mismas traiciones, los mismos egoísmos. El exilio y la derrota parecían ser nuestro hado fatal.
Sufrimos, al comienzo el fracaso de los primeros héroes, que en vano intentaron preservar la unidad política del espacio común heredado. Vinieron luego las luchas por la construcción de los estados nacionales, las luchas entre capitales e interiores y el duro camino de encajar en el incipiente mercado capitalista mundial como meros productores de materias primas.
Las luchas del pueblo llano por la tierra y sus más elementales derechos. Los caudillos liderando las masas de criollos desheredados, básicamente campesinos; los doctores, en cambio, en las ciudades, representando los intereses de burgueses y terratenientes, y cuando no, de las embajadas extranjeras.
A los tumbos fuimos construyendo los estados que básicamente articularon nuestras sociedades en función de ese núcleo de gente “bien educada”, y profundamente apátrida y desarraigada de nuestra tierra. En ese contexto los militares ejercieron siempre el papel de policía de sus intereses particulares, cual “guardia pretoriana”, de las clases altas y las “fuerzas vivas” de la Nación.
A los largo de estos 200 años hemos sufrido más derrotas que victorias, las primeras, eternas compañeras. Las segundas, amantes pasajeras que sin embargo supieron dejar destellos de luz fulgurante, cuyo resplandor nos llega hasta hoy como mandato y promesa.
Una vez aquí, otra por allá, cada uno de nuestros pueblos atesora el recuerdo de alguna experiencia revolucionaria verdaderamente removedora, pero recién en los albores del presente siglo llegamos a compartir casi al unísono la misma melodía, el mismo impulso revolucionario y liberador.
La clarinada de Chávez desde la caribeña Venezuela retumbo con fuerza inusitada en cada rincón de América y tras el derrumbe de la “fiesta” menemista, el ala izquierda del peronismo dio a luz un proceso reformista que suscito el apoyo masivo de los argentinos.
El viento progresista soplo fuerte en Brasil y el Uruguay, Ecuador y Bolivia, Nicaragua y El Salvador. Brevemente en el Paraguay.
Quizás desde la oleada revolucionaria que nos dio nuestras independencias, nunca habíamos experimentado tal grado de armonía y sincronicidad exitosa de nuestros procesos políticos.
Obviamente, no faltan las polémicas y los debates sobre si es revolución o reformismo, que si estamos efectivamente cambiando nuestras sociedades o simplemente administrando el capitalismo.
Como sea, a las clases dominantes y el imperio les está doliendo América Latina. Les duele nuestra rebeldía y nunca dejaron ni dejaran de conspirar, ni descansaran en su propósito de doblegar nuestra resistencia y someternos.
Estos 17 años de progresismo, ideológicamente llenos de heterodoxias y peculiaridades nacionales, tuvieron los enemigos de siempre, las oligarquías y el imperio. Pero más relevante en esta hora oscura, su quinta columna, la corrupción y las clases medias.
La incapacidad de las direcciones de los procesos de lidiar con estos nuevos desafíos, determinaron los acontecimientos que a partir del presente año señalan un “cambio” en la dirección del viento.
Los procesos electorales abiertos en Venezuela y Argentina representan la antítesis fatal. Es la clarinada de la contra. Ahora sopla el viento en contra. Es el tiempo de la revancha de las patronales y el imperialismo.
Estará en la inteligencia e integridad de las direcciones no equivocar el rumbo ni arriar las banderas abriendo el juego a la participación de las bases, superando el burocratismo.
Solo hay una manera de combatir los errores tanto “arriba” como “abajo”: honestidad, conciencia y lucha deberían ser las consignas.
Si bajamos los brazos y nos asimilamos como derrotados no quedara más memoria que para los libros de historia.
Venezuela y Argentina, y toda América progresista deberán asimilar las lecciones de semejantes caídas y levantarse con renovado brío de sus heridas y vergüenzas.
Organización y lucha, sigue siendo la consigna.

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