“¿Cómo es posible que los actores y actrices encontraran primero al hombre más buscado por la marina y el ejército mexicanos, y por la DEA y la CIA?Por qué el gobierno no despliega un operativo similar para encontrar a los 43 normalistas de Ayotzinapa (y a las otras 27 mil personas que se encuentran desaparecidas)?¿Creen que los mexicanos somos estúpidos y vamos a creer esta absurda e incoherente telenovela?”
Por: Félix Hompanera V.
www.hompanera.net
La recaptura del líder del cártel de Sinaloa, Joaquín El Chapo Guzmán, se dio a conocer en México y el mundo al mediodía del 8 de enero a través de la cuenta de Twitter de Enrique Peña Nieto. Al más puro estilo de James Bond, el mandatario tuiteó: “Misión cumplida: lo tenemos”. Minutos después complementaría: “Mi reconocimiento al Gabinete se Seguridad del Gobierno de la República por este importante logro en favor del Estado de Derecho en México.”
Al otro día, la revista Rolling Stone publicó una entrevista de Sean Penn con el narcotraficante mexicano ocurrida semanas atrás en Sinaloa, en la que también participó la actriz mexicana Kate del Castillo, a quien El Chapo buscó para rodar una película. Resulta curioso que la misma revista estadounidense cuyo artículo de portada en su número de mayo de 2014 fue “Peña Nieto ‘El Reformador’ ¿Tonto?... Ni tanto”, sea ahora quien lo exhibe ante la opinión pública que lo ha acribillado inmisericordemente con las siguientes tres premisas:
- ¿Cómo es posible que los actores encontraran primero al hombre más buscado por la marina y el ejército mexicanos, y por la DEA y la CIA?
- ¿Por qué el gobierno no despliega un operativo similar para encontrar a los 43 normalistas de Ayotzinapa (y a las otras 27 mil personas que se encuentran desaparecidas)?
- ¿Creen que los mexicanos somos estúpidos y vamos a creer esta absurda e incoherente telenovela?
Desde que el proyecto neoliberal comenzó en México en el sexenio de Miguel de la Madrid (1982- 1988), los bienes nacionales comenzaron a privatizarse para que inversionistas nacionales y
extranjeros se hicieran con la inmensa riqueza de este país. Este fenómeno no es privativo de México, por supuesto. Se trata de un régimen global en donde lo único que vale es el capital, no el ser humano ni el planeta. Su objetivo es obtener ganancias a costa de lo que sea, así como aumentar sus utilidades para beneficiar a sus accionistas a costillas de los trabajadores y de la destrucción y sobrexplotación de los recursos naturales. Este régimen no conoce de ideologías políticas, las utiliza a todas para lograr sus fines mientras opera desde la sombra y usa como parapeto a los políticos que representan los intereses corporativos en lugar de los de la ciudadanía, mientras gozan de privilegios escandalosos y se enriquecen de manera obscena.
El neoliberalismo desvió el sentido del término “economía”, antes asociado con el bienestar de la población, para reducirlo a la competencia encarnizada por las utilidades, principalmente en el campo de la especulación financiera donde se negocia con “productos derivados”, es decir, inmateriales, que no existen. Este proyecto neoliberal, es decir corporativo, impuso su economía especulativa llamada elegantemente “de libre mercado”; impulsó la competitividad para repartir la riqueza entre unos cuantos inversionistas que luchan ferozmente por las utilidades en un nicho de mercado determinado, mientras que el resto de la población apenas tiene acceso a lo básico. Este modelo económico obligó a que se modificaran las leyes para desmantelar la infraestructura pública y la riqueza propiedad de las naciones, poniéndola a disposición de los inversionistas privados que ahora lucran con lo que pertenece de facto a toda la humanidad.
En 1994 entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). El presidente de México era Carlos Salinas de Gortari –titiritero del actual presidente– y el Secretario de Hacienda era Pedro Aspe Armella –titiritero del actual secretario de Hacienda–. Años después, en el gobierno de Vicente Fox (primer presidente de México que no pertenecía al PRI), se inició el proyecto de la “Unión Energética y Económica de Norte América” que hoy está a punto de ser una realidad.
El mundo vive un período de transición en donde el poder está migrando de occidente a oriente, es decir, Estados Unidos compartirá la hegemonía mundial con Rusia y China. Ello está generando un reacomodo geopolítico que obliga a las potencias a agruparse con otros países para lograr acaparar mayores recursos, oportunidades y beneficios. George Bush padre anunció esta estrategia en 1990 a la que nombró “nuevo orden mundial”, misma a la que Barack Obama y un centenar de presidentes del mundo llaman en la actualidad “nuevo orden internacional”. Desde entonces, este nuevo orden y sus respectivas alianzas se han generado tanto a nivel militar como político, no obstante el mayor éxito se ha obtenido a nivel financiero y económico. En otras palabras, en el siglo 21 las conquistas se realizan a nivel comercial y la guerra pasó a ocupar el lugar de un lucrativo negocio más.
México es una pieza clave para Estados Unidos en este ajedrez geopolítico. Durante la gestión de George W. Bush (2001-2009), el petróleo se convirtió en un asunto de seguridad nacional y su principal objetivo se enfocó en Medio Oriente. En aquel entonces, Vicente Fox abriría las puertas para que una década después (a inicios del actual sexenio) se reformara la constitución para que los hidrocarburos dejaran de ser propiedad de los mexicanos y pasaran a manos del capital privado, en buena medida, estadounidense. Casualmente el expresidente anunció recientemente que está buscando invertir 500 millones de dólares en este sector. En la actualidad, la repartición del pastel energético está en proceso, pero no es casual que el precio del barril sea inferior al precio de producción, ya que para que el petróleo mexicano sea negocio para sus nuevos dueños, deberán bajar los costos de producción, y para ello las autoridades al servicio del capital recurren al manual que indica realizar recortes masivo de personal, la reducción de beneficios sociales y convertir en deuda pública los pasivos de PEMEX (y también de la Compañía Federal de Electricidad que va en el mismo barco que el petróleo y por la cual ya compiten 10 empresas de capital privado).
Continuará en el próximo número de Visión Z edición febrero.
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